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Carlos Vecco, Argentina
Manuela no existe la inventé yo, pero su corazón es tan real como el mito de su vida…
Ella es la enamorada que tuve en las cavernas de mi infancia…
Hoy el periodista la busca en los mármoles de mi epitafio..y la encuentra en las gotas escurridas de la sangre de mil mosquitos que roban las flores de mis recuerdos…
Mosquitos molestos de la locura, la vida loca que viví…
Manuelas son las madres que no tuve..y que otros tuvieron, para mi envidia, ellas amamantan mi pobreza..y no responden nunca a los llantos de mis hambres..
Su nombre la hace imaginar regordeta, pequeña y beneplácita, pero, no..no se engañen..ella lucía tan exótica como una orquídea muerta en el desierto…
Manuela era la tuerca del freno..la rienda..el bozal y el forro de la balloneta, era la que contenía la furia de todos mis hermosos demonios naranja…
Los latidos de su corazón fueron tambores y fétidos recuerdos de los sones de la selva virgen…aquella virginal selva, temible y virgen.
Manuela siempre sufrió por mí, y a falta de sufrimiento para mi amor, Manuela nunca existió, dejándome así muy solo…
Debido a la extinta realidad de Manuela, las mil púas de mi caparazón nunca dejaron de sangrar..si ella hubiera venido a mi existencia real, no hubiera perdido los ríos de sangre que perdí buscándola…..
Ahora está vacío…el corazón de Manuela, como el mío, y por lo menos, afligido..está.
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